A estas alturas de mi vida, no tengo previsto dedicarme al mundo de la política ni ocupar puesto público de relevancia alguno. Además, mi condición de periodista dedicado a los mercados financieros -en un periódico de papel, para más inri- me garantiza una irrelevancia mediática contra la que no tengo demasiadas intenciones de luchar. Pero, por si acaso, voy a revisar mis contenidos en redes sociales. En Twitter, tengo a gala ser muy discreto (salvo a la hora de criticar a Fernando Torres, lo reconozco), por lo que no debería haber excesivo problema. Tampoco acostumbro a ser muy activo en Facebook. Pero seguro que en Tuenti queda algo de material "peligroso"...ya saben, las cosas de la juventud.
Obviamente, traigo todo esto a colación a raíz del escándalo mediático de los últimos días: los tuits del concejal del Ayuntamiento de Madrid Guillermo Zapata, en los que hacía burla, en clave de humor, del holocausto, Irene Villa o Marta del Castillo, entre otros. No es mi intención entrar a juzgar la calidad moral del tal Zapata, ni si su culpa está correctamente expiada con su renuncia como máximo responsable de Cultura en el consistorio de la capital. Mucho (y para todos los gustos) se ha escrito ya sobre el tema.
De este asunto, lo que me resulta más destacable es la condición del juicio mediático al que se ha sometido al acusado, y que no es, en mi opinión, sino reflejo de una forma creciente de valorar la política, a golpe de tuit, frase suelta o imagen. Seguramente haya quien objete que algo igual de superficial como puede ser un titular siempre ha sido, para una parte muy importante de la sociedad, el cimiento fundamental de la crítica política, sin prestar atención a la letra pequeña. Es cierto. Pero resulta indudable que la caja de resonancia en que se han convertido las redes sociales magnifica cualquier chascarrillo hasta situarlo en la palestra del debate político.
En estos días, mientras buena parte de la sociedad cargaba contra Zapata por sus ofensivos chistes, otra parte (la más próxima ideológicamente al edil madrileño) denunciaba la superficialidad de las críticas, el desprecio del contexto a la hora de enjuiciarle. No les faltaba razón. Aunque muchos de ellos harían bien en recordar la ausencia de ese rigor a la hora de emitir juicios tan o más implacables contra otros políticos o personajes públicos por los que sienten escasa simpatía. En cuestión de minutos, a través de un mensaje publicado en 2011, Zapata se convirtió para muchos en un despreciable antisemita, sin considerar si a lo largo de su trayectoria ha dado muestras de odiar a los judíos o todo lo contrario. Yo reconozco que lo ignoro. Y apenas sé nada del tal Zapata este, pero a bote pronto y pese a su chiste (¿en serio ninguno de ustedes ha compartido o al menos escuchado sin escandalizarse un chiste irreverente, políticamente incorrecto o cruel?) me inclinaría a pensar que no es un defensor del holocausto nazi. Como tampoco creo que Miguel Ángel Arias Cañete sea un machista sólo por una absurda frase, tras su debate con Elena Valenciano, en 2014; que Albert Rivera quiera inhabilitar políticamente a todo el que haya nacido antes de que se instalara la democracia en España; ni que cada imbécil que se haga fotografiar con símbolos del franquismo o del comunismo soviético aplauda los crímenes que cada uno de esos regímenes cometió.
No quiero con esto negar que quienes se dedican a la política deberían guardar unas formas ejemplares, ser discretos, comedidos y respetuosos. Contenerse y no soltar lo primero que se les venga a la cabeza. Recordar que gobiernan para todos y que cada mensaje suyo será escrutado hasta el último detalle y el menor desliz será carnaza para aquellos que lo consideran su enemigo. Pero creo que la sociedad debería hacer un ejercicio de reflexión (que no cuento con que lo haga, pero no pierdo nada en escribirlo) y comprender que los políticos forman parte de ella y que, como cada uno de nosotros, están expuestos a las meteduras de pata, a los deslices, que pueden haber hecho gala a lo largo de su vida de un humor negro ofensivo, que pueden haber defendido ideas políticamente incorrectas y posteriormente rectificar, o pueden haber sido e incluso seguir siendo fiesteros, sin que ello les incapacite para ejercer una función política. ¿Sacrificaríamos al más eficaz y honrado gestor político por un chiste de mal gusto? ¿Por un tuit inadecuado, irreflexivo? ¿O preferimos líderes que no den la cara para evitarse deslices que hagan caer sobre él las furibundas garras de la Inquisición mediática?
Es conveniente exigir a los políticos una rectitud moral ejemplar. Pero es igualmente valido un sincero espíritu de contrición y disposición a enmendar errores puntuales, un momento de desatino. Porque pretender que nuestros representantes políticos hayan descrito una trayectoria sin la más mínima mácula es, cuando menos, hipócrita. Salvo que queramos extraerlos de la más recatada vida monacal y que mantengan de forma estricta durante su función el voto de silencio...
Yo por si acaso, empiezo a revisar sin demora mi actividad en redes sociales. Pero, las críticas a Fernando Torres se me perdonan, ¿no?
Coincidirán conmigo en que tras dos años de parranda (parranda laboral y estudiantil, no se me confundan), no hay mejor forma de revivir este blog que escribiendo del fenómeno político del momento: Podemos. Y qué menos, después de que dicho partido haya tomado como elemento base de su estructura política los círculos que revisten esta inconstante aventura literaria.
La pujanza mediática y popular de este movimiento obliga a serias reflexiones sobre el mismo. Pero prometo (de momento) no darle vueltas a sus rimbombantes promesas de gobierno, ni tratar de indagar sobre los fundamentos sociológicos de su éxito. Lo que me ha animado a revivir este empolvado proyecto son las denuncias lanzadas recientemente, desde diversos frentes, sobre la persecución mediática de la que estarían siendo víctimas Podemos y sus miembros más destacados. Las informaciones relativas a la beca del secretario político del partido, Íñigo Errejón, y sobre los cobros, presuntamente irregulares, del secretario de Proceso Constituyente de Podemos, Juan Carlos Monedero, formarían parte, según estas denuncias, de una campaña orquestada desde los grandes grupos de comunicación, en connivencia con los poderes establecidos, para ensuciar su imagen y contener el auge de un partido que les inquieta.
La tesis es verosímil. Los partidos políticos tradicionales tienen razones para temer el ascenso de un nuevo partido con una retórica que amenaza ciertas prebendas de las que disfruta la denominada "casta". Y para los grandes grupos de comunicación también hay razones para el recelo.
Al mismo tiempo, es reseñable que este tipo de reacción defensiva no es novedosa. Los más variados partidos políticos han esgrimido idénticos argumentos para defenderse de las distintas acusaciones de corrupción o conducta ilícita que les han salpicado. Sorprende, no obstante, que miembros y seguidores de un partido que dice venir a regenerar la práctica política se aferren sin excesivos reparos a un discurso victimista tan manido.
Lógicamente, no critico que defiendan su inocencia. Aunque en casos como el de Monedero puedan apreciarse conductas cuando menos sospechosas, no pretendo erigirme en juez ni dar por sentada su culpabilidad. Lo que me chirría es, precisamente, ese victimismo del que hacen gala, como si los medios de comunicación estuvieran enfocados en exclusiva a socavar sus aspiraciones.
No se puede negar que en determinados medios se aprecia una pertinaz voluntad de poner de relieve la más mínima mácula que pueda descubrirse entre los miembros más destacados del partido. Pero, en primer lugar, es hasta cierto punto comprensible ese escrutinio extremo de los comportamientos de un movimiento que siempre ha hecho gala de una integridad que contrastaría con el corrompido sistema de la casta política. ¿Es ilógico indagar sobre la solidez de este discurso?
En segundo lugar, si algo positivo tiene la abundancia de medios y portales de comunicación que caracteriza el momento actual es que, aunque muchos de ellos (quizás, la mayoría) actúen como voceros de unos determinados intereses políticos, existen visiones representantivas de la práctica totalidad del espectro ideológico y político y, por ende, existen medios dispuestos a desvelar las corruptelas e ilegalidades de políticos de cualquier signo. ¿Sería Podemos hoy una pujante fuerza política si los medios de comunicación no hubiesen desvelado las indecentes realidades de la trama Gurtel, la red Púnica, el escándalo de los Eres en Andalucía, las tarjetas 'Black' de Bankia o los negocios irregulares de la familia Pujol en Cataluña?
Por último, entiendo que para un partido que se presenta con el objetivo de hacer de la transparencia un elemento básico de la política, el persistente examen de sus conductas por parte de los medios de comunicación debería ser entendido como una oportunidad de convertir en hechos sus promesas.
Pero es ahí donde más veo flaquear el discurso comunicativo de Podemos. La pasada semana tuve la oportunidad de escuchar a otro de los miembros más conocidos del partido, Luis Alegre, durante su intervención en una tertulia política matutina en televisión. Entre las habituales interrupciones y exabruptos que suelen escucharse en este tipo de programas, los distintos tertulianos dieron a Alegre la oportunidad de responder a cuestiones simples como ¿por qué Monedero no da la cara ante los medios para explicar la realidad de los cobros bajo sospecha? ¿Y por qué no enseña las facturas o algún documento similar que verifique la legalidad de sus actividades? Las respuestas, debo decir, dejaron mucho que desear. Además de falsear la realidad, al decir que Monedero habría pagado los mismos impuestos tributando sus ingresos por medio de cualquiera de las modalidades disponibles, Alegre explicó que Monedero se esconde para no alimentar el ruido político (¿no es ruido político lo que intencionadamente ha estado alimentando Podemos desde su nacimiento?) y las facturas...ya las enseñará (ya tal, que diría el bueno de Mariano). Vaya hombre, en pleno ataque furibundo de los medios y las instituciones, Monedero se lo toma con calma...y es que no debemos olvidar que estamos en época de exámenes y el hombre debe ir hasta arriba de trabajo.
Hay que decir, que, al fin, hoy Monedero ha realizado unos declaraciones a una televisión, en las que, nuevamente, las quejas y protestas por estar siendo víctima de una persecución se han superpuesto a las explicaciones. Más tarde, en su blog ha escrito un post que abunda en la teoría de la conspiración, con una argumentario que sonroja por su simpleza.
Puede que su comportamiento en el cobro y tributación hayan sido inmaculados. Puede ser también (y no es nada descartable) que desde las propias instituciones del Gobierno se estén filtrando informaciones tendentes a deslegitimarle a él y a su propio partido como alternativa. Pero lo que es seguro que podemos y debemos demandar a Monedero y a los suyos que empiecen a practicar esa transparencia de la que tanto alarde hacen. Desde Podemos y otras fuerzas que se presentan como regeneradoras del panorama político han hecho de la mera sospecha de conductas ilícitas un arma de ofensiva política que ahora que se dirige contra ellos repudian.
Hace tiempo que Podemos ha demostrado saber hacer un efectivo uso de la comunicación para hacer llegar sus mensajes a la ciudadanía. Ahora les queda demostrar que también están dispuestos a comunicar y a explicar cuando son ellos los que están bajo la sombra de la sospecha. Y cuanto antes lo hagan, mayor favor harán a la credibilidad de su discurso. Poder, pueden comunicar. ¿Quieren?
Compareció Mariano. Con rostro compungido; serio, mientras leía su testamento. Como el reo que pone rostro al pelotón de fusileros, que esperan una simple orden para hacer volar su crisma. Pero la puesta en escena tenía truco. Entre el reo y sus verdugos se erigía un muro infranqueable y los furibundos disparos de éstos sólo amenazaban a una pantalla de plasma -víctima dolorosa para una familia media, pero no para un colectivo guiado por un tesorero dadivoso-.
Lo cierto es que Mariano trocó el dar la cara por el plasma. Rehuyó el contacto directo con la prensa, "porque no hacía falta", según algunos de sus acólitos. Y ahí radica la cuestión; para Mariano, no hace falta dar la cara. No lo hizo cuando le correspondía el papel principal de oposición al Gobierno. Mariano se atrincheró y esperó a que se carcomieran los cimientos que sostenían el candoroso sistema gubernamental de Zapatero y sus cervatillos. Ahora, desde la condición de líder del poder Ejecutivo, sostiene la misma estrategia: el mutismo es la mejor respuesta. Podría pensarse, no sin razón, que Mariano trata de evitar el tiro malicioso del pelotón fusilero, que espera el mínimo descuido para hacer diana en su objetivo. La debilidad (por muy poco fundamentada que pueda estar) compone el escenario favorito para los amigos de la carroña informativa. Pero no debería olvidar el señor presidente del Gobierno que esa cuadrilla de medios (des)informativos, capaces de detectar miradas amenazantes y gestos delatores de un nerviosismo incontestable en imágenes de lo más común, son reflejo de al menos parte de esa sociedad a la que le toca gobernar y que, tras otorgarle su confianza en las urnas, exige ahora respuestas.
Y las respuestas que recibe no le convencen. La sociedad (parte de ella, por supuesto) se ha enfundado los ropajes de la Santa Inquisición. Podría aguardar a que los tribunales dictaran sentencia; pero no, ellos están coaligados con el pecado, no actúan en consonancia con la ley sagrada. Así, esa sociedad trasvestida en santo tribunal ofrece al reo la opción de justificarse. Pero no le interesan sus respuestas. El reo niega, anuncia acciones contra los difusores de esa información. "Ah, es lo que hacen todos los culpables", denuncian los inquisidores. Mariano se aferra a su declaración de la renta como salvaguardia de su honorabilidad. "Nos toma por tontos", espeta el tribunal. Y cierto es que Mariano está dando razones a la Inquisición para que sienta que le hace mofa. La declaración de la Renta no vale como prueba de su inocencia. ¿Pero existe algún documento que pueda probarla? La respuesta, lógicamente, es no.
Así que privado de la opción de aguardar la sentencia de la Justicia ordinaria (también porque para nuestro código legislativo el delito fiscal parece resultar un error sin importancia), sin credibilidad para negar las acusaciones y sin posibilidad de acreditar con pruebas su inocencia, Mariano queda expuesto sin remisión al justo dictado del santo tribunal, que ya ha determinado su culpabilidad y le expone a la tesitura de asumir para sí todas las culpas o delatar al resto de sus cómplices.
No se puede culpar al tribunal, a la sociedad. Muchos indicios parecen mostrar esa culpabilidad, pocos apoyan la honradez de la clase política. "¡Son una casta corrompida!", aducen los que apuestan por remover sillones. ¿Una casta? Quizás esa fuera la mejor de las realidades. De ese modo, apartando a la camarilla que ha maquinado todo este supuesto entramado de choriceo vulgar, la honradez volvería a imperar. Pero antes de inclinarnos a dar por válido este final feliz, invito a cada uno a representarse en un contexto en el que les ofrecieran ser partícipes de un sistema en el que la recepción de gratificaciones monetarias (fuera de la ley, por supuesto) resultara una práctica firmemente instalada de la que se benefician (casi) todos. ¿Cuántos rehusarían la invitación? Y de esos, ¿cuántos lo denunciarían? Lamento sospechar que no muchos más de los que denunciarían al pintor o al mecánico (valga el ejemplo, sin ánimo de mancillar ningún oficio) que les insta a pagar sus servicios sin asumir impuestos. Tal vez la camarilla corrompida sea más amplia de lo que creemos. Tal vez la corrupción duerma en el seno de la misma Inquisición.
"Pues no haber votado a Rajoy" o su derivada "gracias a todos los que votaron al PP" se han convertido en una especie de cliché de la crítica política en los últimos tiempos. Se trata de una sentencia seca, arrojadiza, de la que manan distintos mensajes: por un lado, una especie de reproche condescendiente, como si te dijeran "vale, ya lo has hecho y no tiene remedio, pero te lo avisé y ahora por tu culpa estás jodido tú y también yo". Esto, por otra parte, también implica la idea de que la errónea elección de Rajoy y su equipo contaba con una alternativa que se ha demostrado mucho más idonea.
Voy a ser directo (contra mi tendencia habitual): me crispan esos mensajes. Cuento con la legitimidad de poder escribir estas líneas como no votante del PP (ni de ningún otro partido, si a alguien le interesa). Mi deserción de mis 'obligaciones' como votante no responde a ningún tipo de desidia o desinterés, sino a mi pesimismo respecto a la clase política, que parte de un desaliento general sobre el ser humano. Pero no estamos aquí para filosofar sobre la condición humana...
Volvamos a Rajoy y su gobierno. Tras siete meses de mandato se puede considerar que uno de los principales resultados de su gestión ha sido alcanzar un enorme grado de contestación social. Para ser rigurosos, hay que decir que ya desde un principio partía de un alto nivel el rechazo entre quienes no le brindaron su apoyo en las elecciones. Hoy, las críticas, más o menos furibundas, al Gobierno son el pan de cada día en redes sociales, tertulias de bar, medios informativos y hasta en las calles. "¿Dónde está nuestro error sin solución?", podría preguntarse el bueno de Mariano, mientras le lanzan la burda acusación de querer acabar "con todo".
Pues bien, los errores son muchos. No creo que pueda sorprendernos, tras tantos años de "liderazgo" de la oposición, que Rajoy actúe como un gobernante medroso, poco proclive a dar la cara, y afectado en no pocas ocasiones por el virus, tan habitual entre los políticos, que les empuja a actuar midiendo el coste político de cada una de sus decisiones. De ahí derivan varias medidas que podemos considerar meras patadas hacia adelante, con el único fin de procurar escurrir el bulto. Y todo esto condicionado por las inconscientes promesas y críticas que lanzaron los populares antes de alcanzar el poder y que se les han venido abajo, una tras otra, por la presión de las circunstancias.
Atendiendo a esto, ¿es lógico considerar a Rajoy, Guindos, Montoro, Soria y compañía los adalides de la destrucción? ¿la tuneladora del bienestar? ¿los verdugos de los progresos sociales con el fin de favorecer a sus compinches banqueros y los destructivos y especuladores mercados, capaces de arrasar su propio mundo con tal de ganar unos milloncejos? ¡Quieren acabar con todo! ¿En serio?
Veamos. De la batería de medidas que recientemente ha presentado el PP, y que -qué duda cabe- penalizan con dureza al común de los ciudadanos que ya hacemos malabares para subsistir, una de las que más revuelo ha causado es la de elevar el IVA -otra de las mencionadas promesas rotas del Gobierno-. Desde mis escasos conocimientos del mundo económico, también considero ésta como una medida ineficiente, por desincentivadora del consumo, a la par que incentivadora del fraude. El tan tristemente común "¿se lo cobro con IVA o sin IVA?" puede convertirse en 'trending topic' del chanchulleo callejero.
Pocos dudamos de que esta medida responde a las exigencias -recomendaciones, dicen otros- de Europa, para aportar su auxilio a la banca española. No entraba en los planes del Gobierno, que ha acabado cediendo a las presiones europeas. ¿Era necesario asumir estos sacrificios sólo por complacer una vez más a los malvados bancos? ¿No había otras alternativas?
Respecto a la primera cuestión, la referida al también criticadísimo apoyo público a la banca, es conveniente tener en cuenta una serie de realidades. España se encuentra hoy en día en una situación crítica, derivada de innumerables ineficiencias económicas internas y también de problemas y errores exteriores -sí, siempre defendí que se rezumaba la misma ignorancia de los intentos por eximir al Gobierno de Zapatero de la crisis de España, que de las acusaciones que hacían recaer todas las culpas en él-. La primera manifestación de esos problemas la tenemos en la dichosa prima de riesgo, que no refleja otra cuestión que la dificultad del país para conseguir la financiación con la que cumplir con sus obligaciones básicas. "Pero eso es por culpa de los especuladores, que quieren enriquecerse a costa de hundir a España". Como sea, pero esos mismos "especuladores" están invirtiendo en deuda en Alemania, Suiza, Dinamarca, Holanda o Francia incluso pagando. En España ocurre todo lo contrario, porque se desconfía de sus cuentas, de su capacidad de pago...Como consecuencia, los inversores extranjeros rehuyen la deuda española, mientras los bancos españoles se convierten en casi únicos exclusivos compradores de la misma.La banca, apoyada con dinero público, es al mismo tiempo casi sostén exclusivo del Estado y sus necesidades de financiación. ¿Qué pasaría si se dejara caer a los bancos españoles? Pues que no comprarían deuda, los costes de emisión se dispararían aún más y entonces...parece inevitable un rescate global de España. Se trata de un dañino bucle que une el destino de bancos y estados, a causa de la apelación al endeudamiento que caracterizó el crecimiento de los años anteriores. Un problema que habrá que resolver, pero que necesita tiempo.
En cuanto a la posibilidad de alternativas, el Gobierno ha lanzado la idea de que los últimos recortes eran ineludibles. Otras voces han puesto en cuestión esto. Debatiendo con mi queridísimo amigo Feliciano González la pasada noche, considerábamos la posibilidad de que el Gobierno hubiera presentado a Europa otras medidas de ahorro de impacto seguramente más eficaz y menos dañinas para los ciudadanos de a pie. El problema, a mi entender, es que Europa reclama gestos inmediatos y no promesas difusas. ¿Por qué? Porque no nos creen. ¿Las razones? Muchas. En agosto de 2011 el BCE pasó a la compra de deuda pública española e italiana, para reducir la presión del mercado. En aquel entonces, el empeño de Europa era que los países cumplieran con un objetivo de déficit que si bien Italia alcanzó con creces, en el caso de España, y pese a las promesas del Gobierno de que se cumpliría, acabó resultando muy por encima de lo esperado. Eso y otras muchas cuestiones propician que, si se quiere el apoyo europeo, se nos exijan muestras de sacrificio: una especie de penitencia con la que los países que nos dan su auxilio puedan vender a sus ciudadanos que, al mismo tiempo que nos ayudan, castigan nuestros desmanes.
Entonces,¡estamos intervenidos! Por supuesto, precisamente desde que el BCE empezó a comprar deuda española el pasado año, los Gobiernos nacionales -el anterior y el actual- se han visto constreñidos por una hoja de ruta, cada vez más inflexible, que marcan nuestros socios europeos. Es normal y es hasta deseable si lo que se persigue es formar parte de una auténtica unión monetaria: ésta necesita objetivos fiscales comunes y debe corregir los desfases. Podemos debatir si la política europea resulta "mezquina", como la han tachado algunos periodistas nacionales, demasiado inflexible e ineficaz. La realidad es que con todos sus fallos se trata de la política de la comunidad de países en la que estamos integrados. Pero sí hay alternativas: asumir las condiciones de nuestro exclusivo y rancio club o tomar la puerta de salida...
¿Y si nos salimos? Haciendo un ejercicio de recreación ficticia -y recordando que mis conocimientos de economía parten de haber jugado al Monopoly y poco más-, no resulta complejo imaginar el escenario subsiguiente. España abandona el euro y regresa a una moneda nacional -lo mismo nos dan pesetas que reales-. Inmediatamente y, como consecuencia de su impago de la deuda previamente contraida, España pierde toda capacidad de financiarse en el exterior, su divisa pierde valor a marchas forzadas y resulta muy complicado abastecerse de elementos indispensables para el desarrollo como la energía -porque, lamentablemente, nuestra minería no es capaz de abastecer al conjunto del país...-. "Pero de eso, se sale". Sin duda. La bancarrota fue casi una constante en épocas pretéritas en España y aquí seguimos. Las consecuencias, eso sí, no son ni de lejos menos dañinas que las de la situación actual.
Decisiones impopulares, forzosas e ineficaces...al menos hasta ahora. Las medidas que ha puesto en marcha el Gobierno están muy lejos de lograr la reactivación de la economía española o, al menos, el fin de la presión de los mercados sobre España. Es posible que las últimas medidas tampoco obtengan el resultado deseado -no olvidemos que nos movemos en una economía global en la que hoy imperan más las dudas, que las expectativas-. E incluso puede ser que Rajoy y su gobierno abandonen sus responsabilidades, ya sea dentro de 4 años, o en menos tiempo, dejando al país en peor situación de como lo tomaron.
Por lo tanto, ¿podemos decir que tantos sacrificios no han dado un sólo resultado positivo? Yo, pese a mi irremediable desconfianza hacia los políticos, considero que no. Creo que las limitaciones al endeudamiento público, hasta el lógico déficit cero -es decir: tanto tienes, tanto gastas-, el fin de las cajas de ahorros como tradicional herramienta de mangoneo político, la racionalización de la Administración Pública o el acotamiento del libre albedrío de corporaciones locales y autonómicas a la hora de gastar son pasos -en muchos casos, cortos y francamente mejorables, también es cierto- en la dirección correcta, que deberían servir para que, en el futuro, no se repitan muchas de las situaciones que estamos viviendo hoy. Aunque, claro, no me extrañaría que, en no mucho tiempo, alguien al frente del Gobierno de España encuentre razones para deshacer esa senda y entremos de nuevo en una rueda que nos condenará, a modo de saga infame, al regreso del "Quieren acabar con todo". Y ya sabemos que segundas partes nunca fueron buenas...
P.D: En compensación a quien, en un alarde de osadía, haya llegado hasta el final de esta retahíla de pensamientos -tan ignorantes como bien intencionados- le quiero gratificar con un magnifico hit que hizo mover las caderas de los españoles allá por 2008, cuando fuimos los mejores y hablar de crisis era desleal...
Dicen
los entendidos que nos enfrentamos a una crisis, en gran medida, de confianza.
No pocos se atreven a afirmar que los inversores, y en cierto modo también los
ciudadanos, manifiestan un pavor irracional hacia los riesgos que les acechan.
Los problemas económicos de España e Italia no son los de Grecia, Irlanda o
Portugal, apuntan. Las dificultades de Bankinter o BBVA nunca se asemejarán a
las de Bankia, insisten. Y es muy probable que tengan razón, pero ¿estamos
seguro de que el miedo del mercado es irracional?
Imaginemos por un momento que en
nuestro barrio se ha creado un proyecto comercial innovador. Todas las tiendas
de los alrededores han decidido unirse para crear un gran SúperMercado que
servirá para ofrecer a los consumidores productos mejores, más sanos, más
accesibles y a mejor precio. Ahí está Ángela, la dueña de la tienda de
embutidos; Nicolás, el propietario de la panadería en la que se hacen esos
cruasanes que tanto gustan en casa; Silvio, el más afamado pizzero de toda la
región; José Luis y Mariano, maestros paelleros; Anibal, pescadero especialista
en la preparación de bacalao; y el encargado de la pequeña tienda de lácteos de
la esquina, Giorgio.
La puesta en marcha de aquel gran
SúperMercado resulta todo un éxito, pese a alguna protesta porque, "¿y
aquello de que iban a bajar los precios?", se quejaban las sufridas amas de
casa de la zona. Pero el mercado crecía y crecía, nadie en el barrio pensaba en
irse a comprar a otro lado, e incluso de fuera se acercaban para adquirir los
productos de aquel coloso del comercio. Las peticiones de tenderos para formar
parte de tan innovador y exitoso proyecto se multiplicaban. Hasta que...
Estarán conmigo en que hasta los
proyectos y personas más exitosos deben enfrentar en algún momento dificultades.
Messi ha fallado algún penalti importante, Apple ha decepcionado con alguno de
sus productos, y David Bustamante ha hecho alguna canción mala (en serio te lo
digo...). Y la clave del éxito está en saber hacerle frente a esas dificultades. Pues sí, el SúperMercado también vivió uno de esos momentos en los
que uno piensa, "con lo bien que estaría si me hubiese quedado tranquilito
en casa".
Verán, la cuestión es que, después
de que muchos consumidores lo denunciaran, un día Giorgio reconoció que había
estado saltándose los controles de calidad y vendiendo productos caducados. ¡Yogures
caducados! Ya, sí, lo sé: "Pues mi madre dice que los yogures caducados se
pueden comer". Pero no, estos estaban muy caducados, caducadísimos.
Y los
gestores del SúperMercado lo tuvieron clarísimo:
-“Ah, no
sé, a mí no me digas nada. La culpa es suya”, decían una y otra vez.
-“¿Pero
ustedes no aseguraban que controlaban la calidad de todos los productos, para
sólo vender los mejores?”
-“Sí,
claro, nosotros los examinábamos…bueno, íbamos y les preguntábamos si eran
buenos. Pero nos mintieron…”
Entenderán
que los compradores quedaran perplejos. Y aunque el SúperMercado aseguró que
devolvería a los compradores el dinero gastado en yogures caducados y se
encargaría de que la tienda de lácteos mejorara la calidad de sus productos, lo
cierto es que Giorgio cada vez vendía lácteos de peor calidad y el SúperMercado
acabo diciendo a los compradores que no les devolvería lo gastado. Habían
comprado mal sus productos y tendrían que apechugar.
Evidentemente,
cuando se extendieron los rumores de que Anibal, José Luis y Mariano y Silvio
también estaban vendiendo productos de mala calidad, los compradores, pese a la
insistencia de los directores del SúperMercado de la falsedad de tal acusación,
decidieron evitar estas tiendas. “También nos decían que los yogures de Giorgio
eran buenos, y mira…”, se oía en las conversaciones a pie del mercado. Los
pocos osados que aún se acercaban a los comercios en duda, exigían unos
descuentos desorbitados a sus vendedores. Y aquellos comercios acabaron
quebrando.
Lo sé. No es una metáfora muy lograda. Pero esta simple historieta
sirve para comprender por qué, lo que empezó siendo como un problema griego se
ha convertido en un fenómeno que amenaza con destruir a la Unión Europea, sin
necesidad de recurrir a paranoicas historias sobre la vileza de los
mercados, que se dedican a hundir países por puro entretenimiento. Grecia engañó
con sus cuentas, en su debe queda. Pero…¿eso no lo controlaba Europa? ¿tan
fácil resulta falsear estos datos? Entonces, ¿quién me asegura que estos otros países no están peor de lo que dicen sus
cuentas? Y Europa, gritando desde su poltrona: “Que no, que no. Que estos están
bien. Juraíto”. Ya. Por si acaso, yo, si compro deuda de estos países exigiré
un descuento. Si no, que se la vendan a otro.
Claro está que si todos, o casi todos los compradores toman una
decisión así, los países en el foco de las dudas tendrán que ofrecer suculentos
descuentos para conseguir vender su mercancía, su deuda. Y si encima se va
dando pie a que aumenten esas dudas, apaga y vámonos. Porque sí, lejos de
acabar con esas incertidumbres, desde Europa, desde cada uno de los países, se
han ido generando más motivos para la desconfianza: los bancos supuestamente sanos,
quiebran; los países que no necesitaban rescates, son rescatados; y los
déficits que prometían ser de un determinado nivel, van creciendo mes a mes,
como en una subasta para ver hasta qué punto es capaz de alcanzar el
descrédito.
En un SúperMercado tan poco ordenado, ¿harían ustedes sus compras?
Yo, mi decisión la tendría muy clara…si tuviera dinero y si no estuviera ya
atrapado en él.
No deja de llamarme la atención la guerra de datos que acompaña a toda huelga o manifestación. En el espacio en el que unos pocos ven apenas unos cientos de cabezas discrepantes, los otros son capaces de contar millones de personas, representantes de la voz crítica del pueblo. Unos y otros acusan al bando rival (¿?) de manipular a su favor las cifras y responden con una hipérbole contable aún mayor.
¿Hasta qué punto es lógica esta obsesión por las cifras? No creo que una protesta esté más justificada cuanto más apoyo tenga -ejemplos tenemos cientos de multitudinarias reivindicaciones difícilmente justificables- y me niego a admitir que un pequeño grupo de escasos centenares de personas, por su número, pierdan razón al esgrimir sus argumentos.
Pero los números pesan más que las razones cuando se trata de hacer patente una rivalidad. Y ese es, desde mi perspectiva, el uso que hacen unos y otros (más unos que otros) de los datos y de la realidad. Los sindicatos, parapetados aún (tantos años después) en el manido argumento de "han llegado los malos, sólo quieren quitarnos nuestros derechos". ¡Bienvenidos a la Edad Media 2! -y yo aún sin aprobar la primera...-. Otros se alegran al ver (o al menos expresar) que sus "rivales" han perdido fuerza desde que se manifestaron el año anterior, en los estertores del Gobierno de ZP. Realmente, ¿a alguien le importa eso?
Es evidente que una gran masa de la población es contraria a la reforma laboral. Habrá quien lo sea, tras un análisis sincero de la misma y con argumentos totalmente válidos; habrá quien apenas conozca los titulares y crea justificado a partir de éstos oponerse abiertamente a la reforma; y es posible, incluso, que un grupo se oponga sin saber ciertamente a qué se opone, sólo por venir de donde viene la reforma.
¿Hasta qué punto alcanza esta protesta? No tengo ni idea, pero si se trata de cifras, no resulta muy complicado intuir que, de los casi 11 millones de personas que votaron al PP hace apenas cuatro meses -el 44% de los votantes- muy pocos pueden estar incluidos en esa masa de protesta, básicamente porque esta reforma era la base de su programa.
Ahora bien, carezco de conocimientos -y esto tampoco sorprenderá a quien me conozca- para considerar positiva o negativa la reforma laboral. Es evidente que se limitan -y mucho- unos elementos que el trabajador considera parte de su seguridad y se le da mayor libertad de maniobra al empresario. Pero, no deja de ser paradójico que, hoy, cuando hay 5 millones de personas en el paro, cuando las empresas echan una tras otra el cierre, y las pocas personas que con fortuna encuentran un trabajo suelen hacerlo en condiciones poco ventajosas (contratos por obra, temporales, etcétera), se clame porque se pueda reducir la indemnización por despido. Pero al ritmo al que vamos, ¿va a quedar alguien con derecho a esa indemnización en unos años?
No se me malinterprete, no niego que esto pueda resultar un problema para muchos -no presente, no obstante, dado que la ley no tiene carácter retroactivo-. Pero no considero un problema menor el de los millones de personas -y cada vez más- que hoy carecen de empleo y de forma para ganarse la vida. Por esa razón, creo que es necesario un cambio en el sistema; que éste sea el camino no es algo que me vea capacitado a determinar, los resultados serán cuestión de tiempo... Y ahí sí será difícil que podamos jugar con las cifras.
P.D: Sin ánimo de restar legitimidad y valor a los miles de personas que ayer se manifestaron en contra de la reforma laboral, vaya por aquí mi más sincero desprecio a esos grupos (convencido estoy de que mínimos), que acosan, insultan y hasta agreden a quienes con total libertad -¿de eso se trata, no?- deciden obviar la huelga y trabajar...
Minuto 87. Camp Nou. Con empate a 1 en el marcador, Barcelona y Real Madrid disputan un encuentro trascendental para el desenlace de la liga 2052-2053. El conjunto blaugrana, entrenado por Bojan Krkic, apura sus opciones a la desesperada; el empate favorece a sus rivales. En una veloz internada Andresín Iniesta, nieto de aquél que nos dio nuestro primer y único mundial, se interna en el área madridista y dispara con fiereza. El balón se dirige con peligro hacia el marco madridista, pero en su trayectoria se interpone la mano de un central portugués del Real Madrid (algo brusco en su juego, pero de buen corazón). El caso es que el balón se detiene y al instante un clamor se extiende por todo el estadio. Y el clamor torna en ira al comprobar que el colegiado obvia la acción y deja seguir continuar el juego sin sancionar la infracción. Aquel partido concluyó en empate y la liga quedó casi sentenciada en favor del Real Madrid.
La indignación se apoderó desde el primer momento de la hinchada barcelonista, que clamó contra el colegiado, la federación, la UEFA, la FIFA, el Gobierno y cualquier estamento con un mínimo de responsabilidad en la organización del fútbol. Se organizaron incluso manifestaciones contra lo que consideraban un “nuevo robo urdido en la Meseta”, “una nueva muestra de la persecución a la que sometían los árbitros al Barça”; en resumen, “Villarato” (sí, Villar seguía presidiendo la federación). Lo más curioso, es que el grueso de los manifestantes eran los mismos que una semana antes, tras un error arbitral que había escatimado un penalti a Las Palmas (no tengan ninguna duda de que Las Palmas había regresado a la máxima categoría) contra el Barcelona, lo habían achacado a la complejidad de la labor arbitral. “Esto es fútbol, unas veces te dan y otras te quitan”, afirmaban con rotundidad.
El ejemplo es burdo, pero válido (también valdría a la inversa, pero déjenme soñar con que para 2053 el Real Madrid sea el dominador de la Liga). “El juicio de la vergüenza”, es el lema bajo el que se han presentado los defensores de Baltazar Garzón. “Ataque político” es la calificación más usada para la unánime condena al juez por su actuación en la investigación de las corruptelas del caso Gürtel. Pocos buscan una justificación para la falta que se le imputa, la de pisotear derechos comunes a todos (incluso para los más corruptos); quizás, la mayoría ni siquiera sepa las razones del fallo y muy pocos se habrán parado a leer siquiera unas líneas del mismo. No importa. Lo que se respira es un ambiente de compañerismo: todos somos Garzón, porque Garzón es de los nuestros.
No deja de ser curioso que un juez alcance un grado de apoyo sólo superable por los grandes clubes deportivos. De fondo, sin dudar de que haya excepciones, trasciende una ira de grupo herido. Como la afición que se siente damnificada por una decisión arbitral. Han perjudicado a “los nuestros”, lo hacen a mala fe; son “los malos”. Por esa misma razón, esos mismos lamentaban los fallos favorables a “los otros”, como el que exculpaba a Francisco Camps y Ricardo Costa, hace apenas unas semanas. Esos mismos celebraban a la justicia cuando inició la persecución contra estos y otros cargos afines a “los otros”, en los albores del caso. Pero esa justicia se ha visto desvirtuada por la influencia de “los otros”, y los justos pagan, mientras los criminales, corruptos y ladrones se regocijan en la calle.
Me sorprende la convicción que suele acompañar a estas ideas. Estos son “culpables”; estos “no”. ¿Por qué? “Es evidente”, será la respuesta: “Acaso tú crees que Camps es inocente”. Pues no, no lo creo, y desde un principio imaginé que su juicio iba a acabar en nada. Pero no me siento capacitado para enjuiciar la labor de magistrados, fiscales y jurados. Por muy grotesco que nos parezca todo al conocer por los medios la “amistad del alma” que unía al expresidente de la Comunidad Valenciana con aquel presumiblemente corrupto al que quería “un huevo”. Del mismo modo, tampoco tengo los conocimientos legales para valorar en profundidad la condena de Garzón; pero lo que me trasciende es que la justicia tiene armas para frenar los excesos de la propia justicia. Desde una actitud ‘bienpensante’ podríamos considerarnos defendidos. Pero, lamentablemente, no creo que fuera eso lo que celebraban la mayoría de los que ayer brindaban por la sentencia; mientras que la multitud que, enardecida, la criticaba, pasaba totalmente por alto cualquier visión de este tipo. Lo que importa es que han condenado a uno de “los nuestros”, a uno de “los buenos”. El pueblo ha hablado: ¡viva la justicia asamblearia!
Caídas en bolsa, problemas con la deuda, pérdidas millonarias...Los Mercados (¿quién carajo son los mercados?) se encuentran en estado de pánico. El mundo de la economía, la bolsa y la inversión les suena a muchos a un mundo ajeno, a una dimensión supravital, algo sólo al alcance de sesudos científicos y, cómo no, Iker Jiménez, al que no se le escapa una. Así, al menos, lo veía yo hasta hace poco más de dos años y, aunque a base de palos, algunas pinceladas de este universo desconocido he ido descubriendo, mentiría si me señalara como un entendido en la materia.
El caso es que hoy todos sabemos un poco más de estas cuestiones, que parece que están de actualidad. Hasta una emisión de letras de Grecia puede convertirse en un distendido tema de debate en el botellón que se organiza frente a la Facultad de Ciencias de la Información de la UCM (lo sé porque me lo han contado, que yo ya no tengo edad para moverme en esos ambientes). Ahora, nos dicen que no hay confianza en España. Y para ilustrarlo exhiben una especie de termómetro llamado prima de riesgo (y uno se pregunta, ¿quién es Riesgo? ¿y qué tal es su prima?) que parece haberse recalentado en las últimas semanas y ya marca casi 400. Y no, "no tiene nada que ver con el cambio climático", ha asegurado el primo de Rajoy (y por primo me refiero al hijo de su tío, no se hagan interpretaciones ajenas a mi intención).
Nos reiteran que es una cuestión de confianza. Y también de especulación. No se cree en España y los más listos aprovechan para atacarnos. Como el típico grandullón del colegio que se acercaba a provocar al más endeble de la clase, esperando una respuesta de éste que justifique el guantazo definitivo. ¿Y qué te diría tu madre ante esto?: "Hijo, tu pasa aunque te insulten, que ya se cansarán...". Sabiduría materna.
¿Y si aplicamos la sabiduría materna a la economía? Que nos atacan...pues pasamos. Que la prima de riesgo supera los 400 puntos...me da igual. Ya se cansarán, ¿no? También podemos hacer como que todo va bien:
- "No mira, que tu economía no crece".
- "Ya, porque yo no quiero, que, con ésta así, ya tengo suficiente".
- "¿Y los cinco millones de parados?".
- "Bah, esos nada, de vacaciones continuas y pagadas".
España e Italia se ríen de los mercados.
Imaginen la cara de tonto que se les quedaría a esos temidos especuladores. El chico endeble, España, y su inseparable amigo Italia, ignoran sus amenazas y se marchan tarareando aquello de "hakuna matata, vive y deja vivir, hakuna matata, vive y sé feliz...". Se verían obligados a llamar a sus terribles aliadas, las agencias de ráting (una palabra cuya raíz semantica es, indudablemente, la misma que la de rata). Entonces llega la amenaza más temida: "¡Te vamos a bajar la nota a bono basura!". España las mira sorprendido. Por un momento piensa quejarse, patalear. Es una decisión injusta, pero...y si su respuesta fuera: "Ah, no pasa nada, esa me la pensaba dejar para septiembre". Ahí sí que les estaría dando duro. Quedarían noqueadas.
Tal vez, después de todo eso, la economía seguiría flojeando, el paro no dejaría de subir, España tendría que dejar de pagar sus deudas, nos recortarían servicios sociales, los bancos no nos darían créditos e incluso nos restringirían nuestros ahorros. Pero las risas que nos echaríamos mientras, no nos las quitaría nadie. Pues eso, la receta está clara: confianza, ignorar al enemigo y "ningún problema debe hacerte sufrir, lo más fácil es saber decir, Hakuna Matata".
Nico era un tipo normal. Normal a más no poder. Vamos, de estos que si te preguntan "¿y cómo es él?" (me ahorro el "¿en qué lugar se enamoró de ti?") sólo sabrías responder: "Pues, muy normal". Trabajaba vendiendo yogures (alguien tendrá que ocuparse de estas cosas, ¿no?) y, con lo que cobraba, le llegaba para tomarse unas copas, de Larios, muy esporádicamente.
Una tarde de verano, la vida de Nico cambió bruscamente. Sus amigos le habían llamado, porque necesitaban hablar con él. Al llegar, le invitaron a formar parte de un extraño club, la Unión Etílica, cuyo fin sería ayudarse unos a otros para poder salir a beber con mayor frecuencia. A Nico le entusiasmó la idea, pues disfrutaba mucho de las noches de farra con sus amigos. Pero alegó que su sueldo le impedía salir a tomar copas de forma habitual. "Despreocúpate, loco. Para eso está la Unión Etílica, para que los que más tienen ayuden a los que menos, y todos podamos salir juntos de fiesta", le aseguró el jefe del grupo, Ángel Miguel. "O todos o ninguno", continuó, muy al estilo Mahou (ver vídeo).
Convencido, Nico se unió al grupo y pronto comenzó a disfrutar de frecuentes noches de fiestas junto a sus amigos de la Unión Etílica. Con la ayuda recibida de sus compañeros, Nico no sólo comenzó a salir noche tras noche, sino que, además, se permitió sustituir sus copas de Larios por los más glamourosos gintonics de Hendricks (con su pepino, como debe de ser).
Nico no podía creer lo que le estaba pasando. Era como un sueño cumplido. Y comenzó a salir cada vez con mayor frecuencia y a beber más y de más calidad. Salía y bebía más, incluso, que sus compañeros más pudientes de la Unión Etílica. Todo era perfecto en su mundo.
Hasta que..."ala, pues no llevo nada ahora encima para pagarte la copa", le dijo ruborizado a uno de los camareros de la zona. "No te preocupes", obtuvo por respuesta. "Te la tomas y ya me la pagarás mañana". Nico aceptó y este hecho excepcional comenzó a convertirse en la tónica (con ginebra, por supuesto) habitual de sus noche de jarana. Nico gastaba más y más, e iba retrasando, cada vez más, el pago de sus copas, hasta el punto de que en los bares de la zona comenzaron a cobrárselas algo más caras.
Todo seguía bien, hasta que una ola de recortes en la ciudad provocó una reducción de sus ingresos laborales y, lo que era más grave, de las ayudas de sus de amigos de la Unión Etílica. De repente, los equilibrios vitales de Nico se vinieron abajo. Él siguió saliendo y consumiendo buen alcohol. Pero los pagos se iban aplazando y los precios que le cobraban aumentaban exponencialmente.
Un buen día, todo estalló. Tres señores de oscuro (Moise's, Fito y Sergio Pablo) se paseaban por su zona de marcha, alertando del peligro de que Nico no pagara sus copas. Los camareros se unieron para reclamarle un dinero que no tenía. Nico era incapaz de hacer frente a sus obligaciones, y sus compañeros de la Unión Etílica le hicieron un elevado préstamo, para que pudiera pagar sus copas, con la condición de que moderara sus gastos. Nico agradeció el apoyo de sus amigos y, como muestra de buena voluntad, decidió sustituir sus copas de Hendricks por Beefeter.
La medida no fue suficiente, porque Nico mantuvo su ritmo de fiestas y copas diarias. Ahora, no sólo era incapaz de pagar las copas, sino que la devolución del préstamo a sus ámigos parecía misión imposible. Pronto, los señores de oscuro volvieron a levantar las alertas, los bares de la zona elevaron los precios de los Beefeter que solicitaba Nico y su incapacidad de pago crecía sin mesura. Nuevamente, la Unión Etílica tuvo que acudir al rescate de Nico, aunque en esta ocasión se lo pensaron mucho. Finalmente, accedieron, pero a cambio de nuevas condicones: Nico tendría que salir menos de fiesta, cambiar el Beefeter por el Larios y volver a casa en metro y no en taxi.
No tuvo más remedio que aceptar, pero antes se permitió protestar: "El Larios me dará resaca"...Sus amigos pensaron: "Por suerte, la resaca no es contagiosa". ¿O sí?
P.D: Esta historia fue escrita a las 5 de la mañana, depués de una noche con Nico y sus amigos. Cualquier parecido con la realidad es fruto de su imaginación (y supongo que de la mía). Sea cual sea su interpretación de esta historia, sobre todo si interpreta que es una auténtica mierda, probablemente sea válida.
"Echa otra monedita, que esto está caliente". La frase resulta suficientemente evocadora: un pequeño bar, envuelto en un ambiente de humo (ah, cierto, esto ya no...), tazas de cafés que se posan sobre la barra y allá, en la esquina, un abuelo golpea con insistencia los coloridos botones de una máquina tragaperras, con el convencimiento de que el premio gordo está próximo.
Ahora bien, no son consideraciones sobre el azar, la ludopatía o los bares las que me han sugerido esta frase. Se trata de algo más oscuro, obviado por el común de los mortales y, sin embargo, trascendente para todos: las agencias de ráting y su actitud durante la crisis. Digo que se trata de un tema ignorado por la mayoría, aunque en los últimos días, tras agitar nuevamente los temores del mercado sobre la salud de Europa, han pasado a ocupar un lugar destacado en titulares de periódicos, debates televisivos e, incluso, hasta discusiones de barra de bar. Mucho se ha dicho y escrito en contra, como en este ejemplo de José A. Estévez Araujo o, caso extraño, con una visión menos crítica, como hace Miquel Roig, responsable de expansion.com. Yo prefiero reservarme mi opinión al respecto (aunque en cierto modo la insinúe en el título), por considerarme poco entendido y porque no es el fin de este post (tampoco tengo muy claro cuál es ese fin) abordar áridas polémicas económicas.
Como venía contando, más allá de momentos puntuales como el actual, las agencias de ráting, como todo lo concerniente al ámbito económico, suelen vagar, rodeadas de un silencio sepulcrar, entre los recovecos de la opinión pública. "Eso de la economía es un rollo", dicen. Lo es, pocos lo niegan. Pero su influjo sobre la vida cotidiana es, igualmente, innegable. En la de todos.
Sin embargo, mientras padecemos, en mayor o menor grado, los resultados de una crisis económica que, en su constante transito, va carcomiendo, poco a poco, algunos privilegios sociales que considerabamos inalienables, miramos hacia otro lado. Callamos y nos estamos quietos: "lo que la economía nos ha quitado, que nos lo devuelva la economía", pensamos, sin darnos cuenta de que nosotros también somos la economía.
Podrán decirme, y no estarán faltos de razón, que movimientos como el 15m acaba en gran parte con esa actitud de apatía. Pero, sin entrar en formas ni contenido, no deja de tratarse de un movimiento minoritario y pasajero. No llamo a extender movimientos revolucionarios; lo siento, pero tiendo a recelar de ellos. Llamo a la reflexión interna y a la implicación. A desacomodarse y tomar las riendas, en lo posible, de lo que te afecta. A preservar tu independencia. Eso es ser un círculo. Y que no te sigan atizando hasta extraerte el premio gordo...
Una vez me preguntaron ¿por qué? Y yo sólo respondí: ¿por qué no? Una vasca con nombre de entrenador de fútbol me enseñó, en cierta ocasión, lo difícil que es encontrar respuesta a un "¿por qué no?". No obstante, considero poco apropiado empezar esta aventura 2.0 (¿o esto de los blogs era 1.0?) con evasivas ante tan comprensible duda, para quien haya tenido el valor de asomarse a este universo paralelo y para lelos; El Universo de los Círculos.
"¿Y por qué Círculos?", vuelve a resonar entre el expectante coro, que aun aguarda razones para dar el salto definitivo hacia ese nuevo universo que se yergue ante sus ojos. La duda es razonable y la respuesta, tal vez, decepcionante. Para quien escribe estas torpes líneas, el Círculo representa la plasmación de la perfección vital. La que aspira a la plenitud individual, la que gira, bota y rebota por los avatares de la vida sin temor a retroceder, la que contacta pero no se encaja.
No se encaja, esa es la clave. El Círculo no busca su complemento en otra figura. Es evidente, ¿se imaginan tratar de encajar un Círculo en una estructura del Tetris? Por arriba, por debajo y a ambos lados, el Círculo sería capaz de mantener su independencia, su perimetro de seguridad inalienable. Pero no me malinterpreten. No se trata de una negación del carácter social del Círculo. El Círculo también se relaciona, pero sin menoscabo de su independencia. Es pleno en su individualidad y por ello exprime con mayor provecho sus relaciones sociales. En fin, no se trata de convertir esta entrada en una absurda reflexión filosófica (aunque me presto a polemizar con quién lo desee).
El Universo de los Círculos será (pretende ser) una parte de mí, en la que les invito a participar. Una plasmación de experiencias vitales, serias cuando deban serlas, absurdas habitualmente, como su propio autor...En resumen, no tengo la menor idea de lo que será El Universo de los Círculos; si se animan a descubrirlo, aquí estaremos.